Javiera Mena: en el centro del vacío hay otra fiesta

Vie, 12/15/2017 - 16:49 -- daniel.maureira

por Felipe Cussen en Paniko 

Este martes se lanzó en todo el mundo su nuevo video, “Dentro de ti”. El lunes, sin embargo, se avisó que ya estaba disponible sólo para España. Y yo no pude aguantarme. Recurrí a toda mi experiencia computacional, forjada tempranamente con el potente Sinclair ZX Spectrum, y mediante complejísimos e inéditos procedimientos informáticos conseguí lo que parecía imposible: modifiqué mi geolocalización y viajé virtualmente a las Islas Baleares. Casi sentía el viento del Mediterráneo en mi cara cuando conseguí conectarme y comprobé que podría acceder a esta primicia audiovisual. Llamé de urgencia a mi adorada Marcela, para que se sumara a esta sesión, y nos dispusimos a verlo con la seriedad que requiere un evento de esta magnitud.

Desde el inicio Javiera se sitúa en el eje de un círculo que gira continuamente, en torno al cual orbitan distintas historias, objetos y escenografías. La artista intercambia varios roles (como también lo hacía en “La joya”, por ejemplo), pero lo más interesante es cómo su imagen se multiplica progresivamente en sincronizadas coreografías. El clímax llega en un momento clave: “el universo en tu interior”. Entonces explota una flor y se sucede un big bang de Javieras que ocupan toda la pantalla. Marcela y yo exclamamos al unísono: “¡Magritte!”. Conocemos su obra desde cuando hicimos un trabajo sobre él para la universidad, y nos viene a la mente uno de sus cuadros más famosos, “Golconde”, en el que las reproducciones de un impávido señor con sombrero de copa flotan por el espacio. Cuando reviso la nota en Jenesaispop, leo que los productores del clip ya han explicitado esta influencia de Magritte, pues “juega constantemente con ese concepto de dimensiones imposibles, la dualidad dentro-fuera, la colisión de mundos contrarios (el desierto y el bosque, que simbolizan ese extenso mundo interior de cada persona) y la idea de la repetición”. Reconocemos otras de esas reminiscencias, ya sea en la artificialidad de los decorados como en ese bosque contenido en un espejo que hace eco de otro cuadro, “La cascade”. Hay, sin embargo, una gran diferencia con el pintor belga: sus figuras son siempre inmóviles, frías, mientras que aquí Javiera sonríe, abre los ojos y nunca deja de bailar. Por eso la última escena resulta tan potente: vestida de dorado impulsa sus brazos como si fuera el núcleo de un átomo del que brota toda esta energía. (continúa)