El odio conformador de comunidades

Lun, 12/04/2017 - 17:27 -- daniel.maureira

por  Valentina Bulo Vargas

Cada momento histórico puede ser interpretado desde el lente de determinadas tonalidades afectivas. La razón es que todo sentimiento tiene un aspecto histórico-político al ser capaz de articular comunidades y de desplazar horizontes de comprensión. Por ejemplo, “La alegría ya viene”, lema de campaña del plebiscito de 1988 en Chile, articuló la necesidad de gran parte del país de sacarse el horror del cuerpo, de abrir otro camino para transitar. No es que la alegría no haya venido, vino y se fue rápidamente como es propio de ella, un afecto ligero y saltarín. Si pensamos en el sentimiento opuesto, la tristeza, podemos decir que en términos histórico-políticos es una tonalidad que tiende a la inmovilidad de las comunidades; no así la ira que se ha considerado un sentimiento “revolucionario”. El llamado a la indignación es siempre un alzamiento y efervescencia de una comunidad, el movimiento de “los indignados” en España del 2011 es una muestra explícita de esto; como dice Aristóteles, nos indignamos de recibir un castigo que no merecemos, lo que llama a la movilización. No como la tristeza, que cierra la posibilidad de alterar el curso de lo acontecido: se llora por la leche ya derramada.

Los sentimientos entonces articulan comunidades, una comunidad es tal porque está articulada desde ciertos dispositivos afectivos. La esperanza en el logro de determinados fines o el ideal del amor al prójimo han actuado como elementos vinculantes y para poder hacerlo han debido tener un suelo, un sedimento histórico para poder actuar. Al recordar las imágenes transmitidas una y otra vez durante semanas con los atentados a las Torres Gemelas palpamos el modo como el terror del terrorismo se cristalizó en cada uno de nosotros y también en ese momento de la historia, lo que fue replicado y amplificado por los medios de comunicación. El terror actúa porque se le ha dado piso para hacerlo...

Revisa el texto completo